Ahora que los días
se van sucediendo, tan fríamente,
con la frialdad de
los días que se van sucediendo,
me doy cuenta de dos cosas:
1.- El corazón no tiene por qué ser
órgano inerte,
bomba eléctrica tetracameral que
eyecta sangre por la aorta
para suplir las necesidades
metabólicas de tejidos moribundos.
Takotsubo existe y no puedo reducir
todo
a sarcómeros, nodos y adenosin
trifosfato;
dilucidaciones estériles
del método científico
de científicos estériles
que no pensaron
que un día podrían llegar a descubrir que efectivamente
se puede morir de algo así como el
amor.
2.- Que el instinto no se agota en
hundir
mi víscera erecta en tu víscera
hueca, envuelta
en un plástico áspero que se saca con
un beso en la mejilla.
Que tengo que creer que el clímax
puede no ser
tan vacío, que el coito no termina
con el lento letargo
de mi miembro entre tus piernas y el
caer melancólico
de tus pezones en sus areolas.
Si 1 y 2 se relacionan. Si uno y dos
tienen un algo
es un asunto que aún debo resolver.
Porque la sucesión de días gélidos
micro
tras metro tras micro
entrega parcialidades aisladas
que se encierran,
cada
una
en su tiempo
cíclico,
que no prueban
-de manera terminante-
que existe algo como sexo
que se une catartícamente
a eso que nos da por llamar amor
que no prueban
-de manera terminante-
que existe algo como sexo
que se une catartícamente
a eso que nos da por llamar amor
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