miércoles, 20 de noviembre de 2019

LA PENA, PENA.



En la garganta hay dos golpes.
El aire y los pensamientos
me ahorcan.

El pecho
cual pesado y centrípeto tumor,
puja por expulsarse hacia dentro.

Toco alfombras, sillones, almohadas.

Sin decidirlo me acurruco
y mi carne tiene espinas.

viernes, 11 de octubre de 2019

Ciertas noches te das cuenta 
de que el cielo inerte es cosa tuya
                        y no del empedrado
Y pienses en tus neuronas
que aún palpitan
en cuán distintas serían las cosas 
si fueses distinto
si ese apretón esofágico que llamamos miedo
no estuviese enclavado en carne

Si Sara fuese suficiente 
si no fueses Patriarca del Mundo 
buscando trascendencia,
quizá entonces cuando dijera: “que lindo estar    
contigo ahora”
provocase risa y ternura por mi ingenuidad extemporánea
y no inseguridad abismante
impulso de nada
quique corriendo a la madriguera.

Pero vives siempre cegado por tu orgullo
pequeño príncipe de nada

y el temor a saberte triste, tan triste 
como eres
te impide abrir el tórax en tonel
y ofrecer el músculo,
violáceo, porque ese acto 
rompería el espejismo
la ilusión de que en ti 
hay algo que respira y siente.

sábado, 1 de junio de 2019

El mundo, la física y la persona


Si parto tomándome como persona en la pregunta por el mundo físico, llego rápidamente al mundo percibido, al mundo desde de mi ventana, a memorias infantiles de habitarlo. Por ejemplo recuerdo estar hurgando un objeto rojo en mi niñez, en la casa de mi abuelo, en un otoño húmedo donde mi extremidades merodean entre las raíces salidas de un árbol –en esos tiempos el arbusto también era más pequeño. No tengo claro si el objeto era una especie de carro, o qué era en realidad, pero si tengo claro que las ramas del árbol llegaban hasta tan abajo que me tenía que arrastrar por hojas mojadas, en ese frío seco, metálico, de Santiago. Llegar al mundo físico de esta manera es llegar a mi experiencia histórica de mundo. Sin embargo, creo que sería oportuno llegar más adelante para allá. Quiero partir desde ‘afuera’, desde ‘lejos’: desde el mundo físico.
La asunción de que el mundo que nos rodea es físico, puede entenderse tanto de manera fuerte como débil. La forma débil, más cotidiana, sería que el mundo es físico en el sentido que el objeto o el tema de la física es, en general, la materia. De manera que enunciar “mundo físico” es señalar la forma en que el físico estudia la materia; profesionales que nos transmiten de manera confiable que el cobre volverá todas las veces a conducir electricidad. Por otro lado, la tesis fuerte es que el mundo en sí mismo no solo se comporta mediante parámetros de la ciencia física, sino que la física es tiene la capacidad de ser la descripción esencial, ontológica, del mundo material. La descripción fuerte es la que propiamente puede llamarse fisicalista, y ella postula filosóficamente que el mundo es alcanzable mediante herramientas matemáticas que demarcan lo que tiene sentido de lo que es absurdo de decir. Las herramientas matemáticas son utilizables tanto para hablar del mundo, del universo o del cosmos. Galileo Galilei en El ensayador (1623) decía del universo: “Está escrito en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas sin los cuales es humanamente imposible entender una palabra; sin ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro”.
La matemática es simbolizada por la persona como discurso. Los símbolos lingüísticos, como las ecuaciones, se leen o procesan paso a paso, serialmente: de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, etc. La revelación asombrosa de la solución de la ecuación es el punto final de un camino, antes del cual la totalidad del ejercicio no se había revelado. El físico, que lee al mundo como a una fórmula, está de hecho leyendo un mundo abstraído, quizás en la quinta derivada de su asunto, pero no está hablando directamente del mundo que experienciamos. Puesto que si el mundo de la experiencia fuera serial, tendría la estructura temporal de una oración, de un algoritmo; y así la persona (incluyendo al físico) se relacionaría con el mundo como a un texto. Ahora bien, jamás ‘leemos’ nuestro entorno, puesto que es nunca es primero una parte, luego otra parte y después el todo; el entorno es de inmediato totalidad, a veces precisa, a veces borrosa. El olor de la madera, la textura de sus hojas, se presentan llenas, completas, a la experiencia; en términos de Susanne Langer (1941), el mundo de la experiencia directa lo simbolizamos de manera integral y simultánea; se aparece como una presentación que emerge entera. Es recién en la experiencia que la psicopatología llama desrealización -en donde tenemos una sensación de profunda extrañeza sobre el entorno-, que se nos impele a ‘descifrar’ el mundo frente a nuestros ojos. .
Las totalidades experienciales del mundo son dinámicas: fluyen y se transforman. Si caminamos por un paisaje recorremos diversas texturas, proporciones, y perspectivas a nuestro paso; al mismo tiempo que, en palabras de Tim Ingold (2000), ese paisaje siempre está completo: nunca tiene agujeros que han de ser rellenados. No solo nuestra experiencia de mundo es dinámica, el mundo per se se mueve, vibra. Una tormenta de viento me mostró rápidamente que ese cielo me excedía y que a esa fuerza descomunal le quedaban horas, ¡incluso días! El mundo cambia y persiste más allá de nosotros, existe en el sentido que Baruch Spinoza (1677) llamó natura naturans: “es en sí y se concibe por sí”. No es un producto ya hecho, como la natura naturata. También, porque la naturaleza es generativa para sí misma, no se organiza en torno a los requerimientos humanos. El mundo físico podrá resistir a la destrucción de las personas, de los anfibios, al calentamiento y al retroceder de la biodiversidad. Ahora bien, el mundo, seguirá vivo pero cada vez más agonizante: el mundo decrece al disminuir la variedad de la vida.
La producción vital del mundo llega a ser sobrecogedora, sublime. Percibir un glaciar de cerca resquebrajó dentro y fuera de mi cuerpo. Un glaciar es una obra natural crujiente, sinfónica. El recuerdo infantil de gatear bajo un árbol quizás no fue tan sobrecogedor, ni lo son muchas de mis experiencias en el mundo físico. Pero atender al mundo en su sentido más obvio es darle a la vez su estatuto: es nuestro hábitat, es donde la persona se desenvuelve todo el tiempo; a veces es ‘normal’, otras sublime. La persona está más frente al mundo que frente a ella misma. Creo que Merleau-Ponty (1945) acierta en que la persona en un espejo se sigue como a una sombra -agregaría, aunque ese espejo fuese imaginario-. Más bien, cree el francés, en general nos desenvolvemos sin reflejo alguno, libres, con el mundo como objeto perceptual.
Resaltar el mundo experienciado nos permite resaltar la ética de proliferar la vida. Porque es en el mundo frente a nuestros ojos que la flora y la fauna adquieren peso, donde la diferencia entre el glaciar y su nieve hace pleno sentido. El mundo físico así entendido nos da miedo, nos acoge, nos maravilla; es realmente afectivo. Si nos ponemos los anteojos de la física el mundo nos parece homogéneo –miramos quarks por todos lados- y así su vitalidad es completamente invisible. El mundo es ahí un mero mecanismo. Aunque no lo creamos, las personas también adolecemos con estos lentes: para ser justos al mundo mecánico aspiramos a ser la soñada mente imparcial, infinita, la res cogitans cartesiana que actúa desde ningún lado. Ideal del pensamiento que para ser alcanzado nos obliga a deshacernos de la carne y meternos a duras penas entre los ensamblajes del reloj.

Santiago, 2019.