Si parto tomándome como persona en la pregunta por el mundo
físico, llego rápidamente al mundo percibido, al mundo desde de mi ventana, a
memorias infantiles de habitarlo. Por ejemplo recuerdo estar hurgando un objeto rojo en mi niñez, en la casa de mi abuelo, en
un otoño húmedo donde mi extremidades merodean entre las raíces salidas de un
árbol –en esos tiempos el arbusto también era más pequeño. No tengo claro si el
objeto era una especie de carro, o qué era en realidad, pero si tengo claro que
las ramas del árbol llegaban hasta tan abajo que me tenía que arrastrar por
hojas mojadas, en ese frío seco, metálico, de Santiago. Llegar al mundo
físico de esta manera es llegar a mi experiencia histórica de mundo. Sin
embargo, creo que sería oportuno llegar más adelante para allá. Quiero partir
desde ‘afuera’, desde ‘lejos’: desde el mundo físico.
La asunción de que el mundo que nos rodea es físico, puede
entenderse tanto de manera fuerte como débil. La forma débil, más cotidiana,
sería que el mundo es físico en el sentido que el objeto o el tema de la física
es, en general, la materia. De manera que enunciar “mundo físico” es señalar la
forma en que el físico estudia la materia; profesionales que nos transmiten de
manera confiable que el cobre volverá todas las veces a conducir electricidad.
Por otro lado, la tesis fuerte es que el mundo en sí mismo no solo se comporta
mediante parámetros de la ciencia física, sino que la física es tiene la
capacidad de ser la descripción esencial, ontológica, del mundo material. La
descripción fuerte es la que propiamente puede llamarse fisicalista, y ella
postula filosóficamente que el mundo es alcanzable mediante herramientas
matemáticas que demarcan lo que tiene sentido de lo que es absurdo de decir.
Las herramientas matemáticas son utilizables tanto para hablar del mundo, del
universo o del cosmos. Galileo Galilei en El ensayador (1623) decía del
universo: “Está
escrito en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras
figuras geométricas sin los cuales es humanamente imposible entender una
palabra; sin ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro”.
La
matemática es
simbolizada por la persona como discurso. Los símbolos lingüísticos, como las
ecuaciones, se leen o procesan paso a paso, serialmente: de izquierda a derecha,
de arriba hacia abajo, etc. La revelación asombrosa de la solución de la
ecuación es el punto final de un camino, antes del cual la totalidad del
ejercicio no se había revelado. El físico, que lee al mundo como a una fórmula,
está de hecho leyendo un mundo abstraído, quizás en la quinta derivada de su
asunto, pero no
está hablando directamente del mundo que experienciamos. Puesto que si el mundo
de la experiencia fuera serial, tendría la
estructura temporal de una oración, de un
algoritmo; y así la persona (incluyendo al
físico) se relacionaría con el mundo como a un texto. Ahora bien, jamás ‘leemos’ nuestro entorno,
puesto que es nunca es primero una parte,
luego otra parte y después el todo; el entorno es de inmediato totalidad, a
veces precisa, a veces borrosa. El olor de la madera, la textura de sus hojas,
se presentan llenas, completas, a la experiencia; en términos de Susanne Langer
(1941), el mundo de la experiencia directa lo simbolizamos de manera
integral y simultánea; se aparece como una presentación que emerge entera. Es
recién en la experiencia que la psicopatología llama desrealización -en donde
tenemos una sensación de profunda extrañeza sobre el entorno-, que se nos
impele a ‘descifrar’ el mundo frente a nuestros ojos. .
Las
totalidades experienciales del mundo son dinámicas: fluyen y se transforman. Si caminamos
por un paisaje recorremos diversas texturas, proporciones, y perspectivas a
nuestro paso; al mismo tiempo que, en palabras de Tim Ingold (2000), ese
paisaje siempre está completo: nunca tiene agujeros que han de ser rellenados. No solo nuestra
experiencia de mundo es dinámica, el mundo per
se se mueve, vibra. Una tormenta de viento me mostró rápidamente que ese
cielo me excedía y que a esa fuerza descomunal le quedaban horas, ¡incluso días! El mundo cambia y
persiste más allá de nosotros, existe en el sentido que Baruch Spinoza
(1677) llamó natura
naturans: “es en sí y se concibe por sí”. No es un producto ya
hecho, como la natura naturata. También, porque la naturaleza es generativa para sí
misma, no se organiza en torno a los requerimientos humanos. El mundo físico podrá resistir a la destrucción de las
personas, de los anfibios, al calentamiento y al
retroceder de la biodiversidad. Ahora bien, el mundo,
seguirá vivo pero cada vez más agonizante:
el mundo decrece al disminuir la variedad de
la vida.
La
producción vital del mundo llega a ser sobrecogedora, sublime. Percibir un
glaciar de cerca resquebrajó dentro y fuera de mi cuerpo. Un glaciar es una obra natural crujiente,
sinfónica. El recuerdo infantil de gatear bajo un
árbol quizás no fue tan sobrecogedor, ni lo son muchas de mis experiencias en
el mundo físico. Pero atender al mundo en su sentido más obvio es darle a la vez
su estatuto: es nuestro hábitat, es donde la persona se desenvuelve todo
el tiempo; a veces es ‘normal’, otras sublime. La persona
está más frente al mundo que frente a
ella misma. Creo que Merleau-Ponty (1945) acierta en que la persona en un espejo se sigue como a
una sombra -agregaría, aunque ese espejo fuese
imaginario-. Más bien, cree el francés, en general nos desenvolvemos sin
reflejo alguno, libres, con el mundo como objeto perceptual.
Resaltar el
mundo experienciado nos permite resaltar la ética de proliferar la vida. Porque
es en el mundo frente a nuestros ojos que la flora y la fauna adquieren peso,
donde la diferencia entre el glaciar y su nieve hace pleno sentido. El mundo
físico así entendido nos da miedo, nos acoge, nos maravilla; es realmente
afectivo. Si nos ponemos los anteojos de la física el
mundo nos parece homogéneo –miramos quarks por todos lados- y así su vitalidad
es completamente invisible. El mundo es ahí un mero mecanismo. Aunque no lo
creamos, las personas también adolecemos con
estos lentes: para ser justos al mundo mecánico aspiramos a ser la soñada mente
imparcial, infinita, la res cogitans
cartesiana que actúa desde ningún lado. Ideal del pensamiento que
para ser alcanzado nos obliga a deshacernos de la carne y meternos a duras
penas entre los ensamblajes del reloj.
Santiago, 2019.