domingo, 22 de julio de 2018

Declaración de cierta especie


Hace tiempo que no escribo una
poesía, pero en verdá no siento
culpa cristiana alguna
ni de esas agnósticas que se me dan últimamente
ni menos de esas ateas
que están más de modé pa compartir
unos post en feisbuk denunciando los abusos
morales, económicos e incluso
sexuales de la Iglesia, haciendo un eficaz juego
                                                           de conceptos
entre la bondad del UcChristus que oteé
en las clases de religión o en alguna
película gringa,
y la apatía de la vieja cuica en la marcha x la life
que me sacó un bufido similar a la risa
en un vídeo de Sosías.

Es que se podría decir que, en el fondo,
ya no tiene mucho sentido sentir guilt, ya sea
cristiana, atea, musulmana o católica apostólica berlinesa.
No solo la culpa breve
por el hecho de no haber escrito poesía y que el blog
no lleve mi firma en varias entradas
sino la general
esa que da por el mero hecho de existir,
Porque si me pongo a pensar
en todo lo que he sufrido
             en esta vida
                                en el cansancio
del estudio, el transporte y los amigos
sin hablar
de los desamores, que tantos daños han hecho
a esta alma joven
y lozana; unos dolores que me darían para escribir
los versos más tristes esta noche, decir,
por ejemplo,
que la noche está estrellada y los pitos
titilan azules a lo lejos;
me doy cuenta de que en verdad
no merezco culpa alguna, sino que merezco algo
más, un premio como un espresso o una pilsen
importada, para paliar la insoportable burden
que significa vivir así
lleno del estrés de esta alejada provincia.

Porque ¿Qué somos sino entes sufrientes?
Yo soy muy muy triste
porque en la mañana,
cuando tomo el metro en dirección Plazapuentealto
el asiento que me gusta a veces
va ocupado, y no puedo tener ese momento conmigo mismo
en esta ciudad perdida
escuchando música en mis audífonos y viendo la cordillera
de los andes
la de los picos nevados
abrirse de piernas sobre la viña Cousiño
macul mientras el sol aparece tras el cerro Punta Damas.
Y es ahí que siento la angustia
por la espina y pienso
en el clotia que me tomé el otro viernes por la noche
y que ya no tengo uno pa vivir conmigo mismo
en la feroz expropiación de mi momento zen,
Y surge nuevamente la ya mentada burden
del estudio, el estrés y los desamores,
y es ahí mismo que me doy
cuenta de que no merezco la culpa
sino que merezco ser pleno
o al menos
feliz a lo Bruno Mars o a lo perdiz.
Acepto cualquiera de las anteriores con tal
de no sentir nunca más
una pena que me desgarre,
un sabor ácido en el paladar
después del tinto de verano,
el resfrío momentáneo de un like
no correspondido penetrando mi calota
y bajando por mis arterias,
directo al plexo solar del tronco celíaco;
mira que no los merezco y la dura
me he sacado la cresta.