jueves, 5 de enero de 2017

Paredones

PAREDONES

“My tongue, every atom of my blood, form’d from this soil, this air
Born here of parents born here from parents the same, and their
parents the same”

Los zorros apuran el paso entre los rodados y socavones, buscando liebres que deambulan comiendo briznas del pasto seco que se abre al sol de enero, interrumpidas por los vuelos de cóndores y chunchos que otean en busca de vacas muertas entre los rebaños de animales que pastan en las veraneadas.

El ruido de los esteros y cascadas musicaliza el mundo y solo está tu paso siguiendo a otro con el sudor impregnado en la camisa. La luz del mediodía quemándote la nuca y el horizonte prometiendo el infinito.

La mochila sobre la espalda acerca tus pies al suelo, con correas ajustadas que aprietan la clavícula sobre el esternón, dándole un sonido especial a cada contracción del diafragma que ingresa el aire frío y fino de entre los picos y farellones rocosos.

Y eres uno con el todo. El mundo no tiene contornos ni forma, la desnudez es lo mismo que la decencia y solo están los pasos, el sonido de las suelas golpeando el suelo árido que continúa por kilómetros. No hay final ni muerte, todo es génesis, impulso creador de un universo infinito al que perteneces y configuras; estrellas que cortan la bóveda celeste formando en cada pestañeo una nueva historia, una nueva línea por la que se desenvuelve lo demiúrgico.

Tú, la cordillera y tus pasos y tú y los esteros y los tricahue y la quebrada y el fuego y la tierra y el agua y el aire y los pasos y tú. Átomos de un mismo átomo primigenio que sólo entonces descubres y que perderás cuando vuelvas tu cuerpo hacia los valles 

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