PAREDONES
“My tongue, every
atom of my blood, form’d from this soil, this air
Born here of
parents born here from parents the same, and their
parents the same”
Los zorros apuran el paso entre los rodados y
socavones, buscando liebres que deambulan comiendo briznas del pasto seco que se
abre al sol de enero, interrumpidas por los vuelos de cóndores y chunchos que
otean en busca de vacas muertas entre los rebaños de animales que pastan en las
veraneadas.
El ruido de los esteros y cascadas musicaliza el
mundo y solo está tu paso siguiendo a otro con el sudor impregnado en la
camisa. La luz del mediodía quemándote la nuca y el horizonte prometiendo el infinito.
La mochila sobre la espalda acerca tus pies al
suelo, con correas ajustadas que aprietan la clavícula sobre el esternón, dándole
un sonido especial a cada contracción del diafragma que ingresa el aire frío y
fino de entre los picos y farellones rocosos.
Y eres uno con el todo. El mundo no tiene contornos
ni forma, la desnudez es lo mismo que la decencia y solo están los pasos, el
sonido de las suelas golpeando el suelo árido que continúa por kilómetros. No
hay final ni muerte, todo es génesis, impulso creador de un universo infinito
al que perteneces y configuras; estrellas que cortan la bóveda celeste formando
en cada pestañeo una nueva historia, una nueva línea por la que se desenvuelve
lo demiúrgico.
Tú, la cordillera y tus pasos y tú y los esteros y
los tricahue y la quebrada y el fuego y la tierra y el agua y el aire y los
pasos y tú. Átomos de un mismo átomo primigenio que sólo entonces descubres y que
perderás cuando vuelvas tu cuerpo hacia los valles
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